sábado, 4 de enero de 2014
El mal adopta cualquier forma
Aquella noche tenía ganas de marcha, así que decidí salir solo por la ciudad, tomar unas copas aquí y otras allí. Y así fue como encontré aquel garito de Streptease donde la conocí. Ahí estaba ella sobre la tarima, danzando como una serpiente con movimientos sinuosos, pero constantes, apareándose con aquella barra de metal y con todas las miradas que la contemplaban. Su cuerpo escultural se frotaba lentamente con la oscuridad de la sala. Mágica y misteriosa. Viéndola cómo se movía, sabía que sería una bestia en la cama. Terminó el espectáculo y se retiró de la sala entre aplausos, silbidos y piropos. Esperé a que saliera del local para invitarle a una copa. Cuando la vi, me acerqué:
-Hola... He visto tu espectáculo y me encantaría invitarte a una copa.
-Lo siento- respondió con indiferencia- Tengo prisa.
-De acuerdo, otra vez será.
De repente, el gerente del local salió, llamándola a voces. Ella me dijo que esperase un segundo, antes de comenzar a discutir con su jefe. Tras intercambiar varios insultos, él le levantó la mano y ella, ni corta ni perezosa, le escupió en la cara. Entonces, él la golpeó y ahí entré yo. De un golpe, cayó a plomo contra unos contenedores de basura. La miré y ella le registró la cartera, sacando un fajo de billetes mientras me decía:
-Bueno, tomaremos esa copa. Invito yo, ahora que ya he cobrado el finiquito.
Salimos de la zona como alma que lleva el diablo para adentrarnos en otra mas apetecible. Tras tomarnos una copa, ella me propuso hacernos unas rayas. Le dije que no, que no entraba en mis planes. Ella fue al baño y volvió algo más animada. Salimos del local y no podía dejar de mirarle el culo. Ella giró la cabeza y me dijo con una sonrisa pícara:
-¡Ven! Que sé que lo estás deseando.
Y, en un callejón oscuro, la cogí del cuello y comencé a besarla mientras acariciaba su sexo y ella gemía de placer. Me metió la mano en la entrepierna y se agachó para llevársela a la boca. Notaba que me iba a estallar. La aparté y la puse contra la pared, metí mi pierna entre sus piernas y las separé. La primera embestida la llenó de un golpe, mientras ya la notaba húmeda por dentro. Ella se relamía de gusto hasta que la volví a girar y la puse de espaldas contra la pared y le levante una pierna. Estallé al mismo tiempo que ella, mientras pensaba que sus gritos despertarían a toda la ciudad.
La Stripper y yo acabamos totalmente mojados en aquel callejón, ya que una fina lluvia nos acariciaba mientras estallábamos de placer para finalizar la actuación estelar de la noche. Mientras corríamos a refugiarnos del agua, bajo una parada del autobús me dijo:
-Ey, ¿los tienes tan bien puestos para todo? ¿Quieres ganarte un buen pellizco? Solté una carcajada y le respondí: -Bueno, si es de la misma manera... Mientras reía, negó con la cabeza:
-No. Ese tío al que zurraste, Dimitry, no sólo es el gerente de un par de locales de la ciudad. Este tío maneja mucha pasta y está esperando un cobro dentro de poco. Se detuvo un instante para sacudirse el agua del pelo, me guiñó un ojo y continuó:
-Lo sé todo: el sitio, la hora... Será fácil. Te imaginarás que no me conformo con el finiquito que esa rata me ha dado.
-Por supuesto que no- respondí sonriendo- Háblame del lugar.
-Está en el muelle. Vayamos en tu coche y, mientras tanto, te iré dando los detalles mas oportunos- me urgió, mientras me acariciaba esa parte que todos nos imaginamos. Mientras conducía el coche en dirección al muelle, ella desabrochó mis pantalones y comenzó a acariciarme el miembro con la punta de los dedos. Las venas, hinchadas, parecían estar a punto de reventar de tanta presión, mientras ella deslizaba su lengua inquieta y juguetona de arriba a abajo. Metí mi mano en medio de sus piernas, tras meter los dedos en su boca, para impregnarlos en su jugoso elixir, y empecé a acariciar su sonrisa vertical. Tuve que detener el coche, puesto que la cosa empezaba a ponerse demasiado dura. Paré en un mirador y la bajé del coche. Acostándola sobre el capó, le separé de piernas y nos envolvimos en una dosis de placer intenso.
Cuando terminamos de satisfacer nuestros instintos, volvimos al coche y llegamos al muelle. Nos bajamos del coche y, entonces, la Stripper me señaló una zona acotada con pasarelas de listones de madera, que conducían a los barcos más lujosos, y me resumió el plan:
-¿Ves aquel yate? Fácil: esperas desde aquella grúa en la oscuridad. Allí llevarán el maletín con la pasta. Sólo se quedará uno de sus hombres custodiando el yate-Entonces, me miró-. El resto es cosa tuya y, viendo cómo te manejaste con Dimitry, no creo que eso te cause un serio problema. Le miré con una sonrisa y le guiñé un ojo. Meneó la cabeza con una carcajada, me sacó la lengua con picardía y continuó:
-La entrega será mañana a las 2 de la madrugada, así que, mientras tanto, tendremos que hacer algo para matar el tiempo-ronroneó mientras me mostraba el trasero- ¿No crees?
La entrega estaba a punto de ser realizada, así que me puse manos a la obra y me dirigí al muelle con mi coche tranquilamente, como el que no quiere la cosa. Horas antes había comprado una botella de whisky y otra de agua. Vacié la de whisky y la llené de agua deseoso de "emborracharme" antes de la gran fiesta.
Llegué al muelle, aparqué el coche y me fui al "observatorio" a contemplar las estrellas... Desde allí, la vista de águila me proporcionaba una gran ventaja. De pronto, aparecieron en escena dos coches, de los que bajaron cuatro tipos, uno de los cuáles portaba una bolsa de gimnasio. "La recaudación para los niños de África", supuse por un momento. Dinero de tráfico de drogas, extorsión, secuestros, proxenetismo... Todo un suculento botín esperando ser rescatado por un alma caritativa. Se introdujeron en el yate, pero sólo salieron... ¿tres hombres? La cosa se complicaba. Cogieron los coches y desaparecieron en mitad de la noche como alma que lleva el diablo. Me acerqué con la botella de whisky oscilando en la mano, haciéndome el borracho nocturno, maldiciendo el amor de una mala mujer. Mientras tanto, el primer guardia me gritaba, amenazándome con que, si no cerraba el pico, lo haría él mismo, regalándome la paliza más amarga de mi vida. Cuando se acercó, bastó un simple golpe en la garganta y poco más para que cayera al suelo desnortado. El ruido alertó al segundo guardia que, al salir, dejó abiertas las puertas del yate, dándome acceso al interior del mismo para castigar a los nenes malos. Estaba dentro y, gracias a que el guardia también era un enamorado de Jack Daniels, olvidó guardar la bolsa en la caja fuerte, facilitándome la labor. Abrí la bolsa y, al ver tanta pasta, pensé en dejar algo de propina a los dos muchachos. Sin embargo, hoy no me sentía especialmente generoso. Arrastré los dos cuerpos inconscientes hacia el interior del yate, por si querían pasar un rato íntimo, y me alejé de la escena del crimen. Ya sólo quedaba ver a la Stripper.
Marqué su número desde una cabina y quedé con ella. Me dijo que llevaría una minifalda muy corta, más concretamente, un cinturón ancho, y unas botas largas de cuero negro, con una blusa blanca bien escotada. Quedamos a las afueras de la ciudad; nadie sabía lo que podría pasar y no podía correr más riesgos de los necesarios. Me la imaginaba fuera del auto con esa melena negra y esos ojazos felinos, bien maquillada y arreglada para echar el polvazo del siglo. Y esa fue la imagen que recordaré como desenlace final a esta historia. Dejarla esperando y maldiciendo, mientras me dirigía al aeropuerto a coger mi vuelo destino a Las Vegas, ya que, esta vez, me lo había merecido y, aunque sólo fueran unas vacaciones, me quedaban muchas Strippers que visitar.
"La víctima perfecta admite la caza perfecta, creando la tentación mientras se sumerge en nuestra seducción así, creando un atisbo de los placeres futuros".
El arte de la seducción. Robert Greene
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